Cuando, tras años de esconder en tu océano particular... dolor. Le das de comer a tu perro un peluche, y se te olvida el anillo en aquella casa, entre un buen montón de últimos recuerdos... Convences a cualquiera de que se ha ido. Ha desaparecido. Quizás se ha convertido. Ha volado. No habías abierto la ventana, la habías cerrado a cal y canto. Y aún así no sabes dónde se ha metido.
Cuando guardas una vieja rosa -no de tela- seca y sin olor. Cuando no se convierte, ni desaparece, ni se vuelve comida para peluches, ni esquiva puertas y ventanas. No es porque no sea su hora, ni porque nunca vaya a serlo, es porque no la dejas. Cada día hueles la rosa esperando que recupere su olor. Cada cumpleaños achinas un poquito más tus ojos y deseas lo mismo.
Sácale una foto a la rosa, y que ese sea tu mejor recuerdo. Si, lo sé. Las fotos no huelen, pero tu rosa tampoco.
Luego pierde la foto. El día que la recuerdes dónde la pusiste, ese día llámanos. Seguiremos estando aquí.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario